Bacon, Warhol o la dinastía Han se codean con dinosaurios de juguete o Legos

Dicen que hasta el polvo de esta casa es capaz de convertirse en una forma de arte. Buscándola por el centro de Madrid, el grafiti de Boa Mistura con la palabra Cambio pintado en su persiana la delata. En su día fue una galería, y hoy es el hogar de un esteta que convive con el arte casi como una forma de existencia. Me abre la puerta el propio Fernando Rius, figura clave en la moda española. Lleva tres décadas al frente de la agencia Area, pero antes fue Vogue, también Loewe, y en los ochenta dirigió una tienda en Serrano donde descubrió a muchos madrileños a un joven Adolfo Domínguez que traía trajes de su padre, a un tunecino llamado Azzedine Alaïa, a un tal Jean Paul Gaultier con una colección inspirada en el constructivismo ruso, y a los japoneses Yohji Yamamoto e Issey Miyake. «Qué intensidad de vida, pero qué fascinante, porque todo era nuevo, todo lo que pasaba en esa época era nuevo», recuerda. Además, Fernando pertenece a un grupo de personas que produce auténtica envidia: los que se subieron al Concorde. Para quienes no llegaron a conocer el avión supersónico, esa gente parece venir del futuro. Semidioses que saben cosas que el resto nunca sabremos.

Nada más entrar, me reciben José Guerrero, Warhol, Witkin y una curiosa reinterpretación —hecha de polvo— de un famoso bodegón del XVII. Por suerte, Fernando habla por los codos, así que decido no interrumpir: tiene tanto mundo interior, tanta memorabilia y tanta vida, que pronto guardo mis preguntas para simplemente escuchar. Y así entro en su fascinante mundo.

La casa se alza en una corrala del XIX, «donde no te dejan tocar ni los picaportes», dice Fernando. Por suerte contó con su amigo y arquitecto Ramón García Jurado. Se conocieron siendo jóvenes —uno de 19, el otro de 22— y esta casa condensa su historia: la obsesión de Fernando por el arte y la fotografía y la pasión de Ramón por las antigüedades de los 30 y 40. Un «maridaje intelectual» —apunta Ramón— que ya dura más de cuarenta años. Y conviene entenderlo, porque aquí los objetos preceden a la casa. El reto no era decorar, sino construir un espacio neutro que los contuviera. «Esta casa es arquitectura de interior, no decoración», resume Ramón.

En la cocina, cada obra gira en torno a la comida; en el baño, a los desnudos; y en el salón, en cambio, todo eclosiona. «Yo compro por impulso», dice Fernando mientras recorremos esta estancia. Las joyas aquí son dignas de museo, pero nada de lo que vemos es intocable. Los libros se leen, los sofás se gastan, los niños juegan, y si los perros mean, se limpia y ya. «A mí nunca me verás poner una maceta encima de un libro o un libro encima de una silla. Eso debería estar penado con cárcel. Las cosas tienen que tener utilidad».

Lo de leer va muy en serio, porque al fondo, dos enormes librerías guardan un archivo de más de cuarenta años coleccionando y encuadernando revistas. Cada tomo, un fragmento de la historia de la moda y la decoración del último medio siglo. Nos agachamos y vemos el Vanity Fair número uno de Tina Brown, los Interview de Warhol, aquel House & Garden dirigido por Anna Wintour y la curiosa FMR de Franco Maria Ricci, «hasta que la vendió». También descansan los Vogue Francia de Joseph Lossé y Picasso, el Harper’s de la era Tilberis, el efímero Vanity de Anna Piaggi, el Details que Bill Cunningham dirigió “a condición de que no le pagaran, pero le dejaran hacer lo que quisiera”, el GQ de los ochenta con las primeras fotos de Bruce Weber… “Qué de joyas –dice, repasando su colección–. Aquí está la historia de la moda de los últimos cuarenta años”, añade. “Y eso reconforta… pero también frustra, porque ya casi no hay sorpresa: vivimos en una época de puro revival”.

Atravesando estancias, llaman la atención muebles de una época donde se diseñaba como en alta costura, un retrato de Freud a su madre poco antes de morir, y muchos Joel-Peter Witkin, como un tríptico inspirado en El jardín de las delicias. Todo comparte la fascinación por lo bello, que sin embargo, oculta algo oscuro. “Eso, junto a la manipulación de la naturaleza por el hombre”, dice, señalando una foto de David Maisel que parece abstracta hasta que descubres que es una laguna muerta por contaminación, define su estilo. Y aunque todo parezca alta cultura, también hay, como él dice, “mucha morralla que da efecto”. Pequeños alivios terrenales, como una colección de dinosaurios de plástico, y muchos Legos. “Mañana me llega el árbol de Navidad de Lego”, celebra.

Bajamos las escaleras dedicadas a “la capital del XX, Nueva York”, hasta su santuario final: la biblioteca. Deben ser miles de volúmenes. “Tengo unos 700 repetidos”, confiesa. Hay de todo: arte, moda, arquitectura, menús de Dalí, lo que comían los dictadores, piscinas, tatuajes o piercings. Mirando esta librería infinita, es difícil asimilar tanta vida, tanta cultura. A algunos, la casa les parecerá excesiva, pero como defiende Ramón: “Su historia es muy larga”. Es un interior que se toca, se redescubre, y siempre cambia, como dice el grafiti que, al salir, vuelvo a leer. La visita no ha durado más de una hora, pero tan solo puedo pensar en que esto ha sido una intervención divina.