
«La casa no está decorada. Es solo una arquitectura neutra y limpia que sirve de marco para que mis muebles y piezas de arte destaquen»
Cuenta el interiorista, arquitecto y coleccionista Ramón García Jurado que, buscando específicamente por esa zona, el barrio de Justicia de Madrid, encontró este luminoso apartamento situado en un edificio típico de la capital del siglo XIX. Lo que más le atrajo fueron su tranquilidad y el entorno. Decidió que estos 150 m2 eran perfectos para instalar su casa-estudio. “Me enamoré de la luz, de la vista de la arquitectura tradicional madrileña, del buen estado de la construcción y de las posibilidades que tenía para adaptar mi programa. Quería convertirlo en un espacio más contemporáneo y unificar estancias; crear ambientes más diáfanos para poder desplegar las piezas de mobiliario y arte que he ido coleccionando durante toda mi vida”, comienza.
La distribución era antigua y muy compartimentada, así que se puso manos a la obra. Inspirándose en “la línea que el estudio sigue en todos sus trabajos, es decir, la contemporaneidad y la funcionalidad”, creó esta caja muy neutra con paredes blancas y suelos de madera clara solo contrastada con algún toque de color más extremo en las (pocas) tapicerías como el rojo, el turquesa o tonos más tranquilos y masculinos en su dormitorio como el negro o el marrón. Tampoco hay cortinas ni estores, “solo quería regular la luz usando las contraventanas originales del edificio”. El resultado es un contenedor refinado y tranquilo, perfecto para el plan que Ramón urdía.

“La casa no está decorada, es solo arquitectura interior que ofrece un marco limpio para que los objetos y obras de arte dialoguen entre sí, para que destaquen sin interrupciones visuales ni materiales decorativos como estampados o texturas”, asegura. Aquí, sin ningún condicionante específico pero con orden y concierto, convive y se rodea de todo aquello que define su gusto, del que normalmente se nutre para llevar a cabo sus encargos. Ecléctico, culto y personal, el interior es igual que su dueño: lleno de contrastes, con referencias a los grandes maestros de la Alta Decoración (Mongiardino, Duquet, Frank o Hicks) y, sobre todo, demuestra su talento de anticuario para combinar sin despeinarse una escayola del s. XIX con un armario sueco de los 30 o con arte tribal.

Al conocer y dominar la historia de las Artes Decorativas, sus puestas en escena, con un punto teatral, enseñan su amor por los detalles exquisitos, en esos ambientes suyos que son clásicos y sobrios pero que nunca se sienten rancios, sino elevados y cosmopolitas. En sus proyectos, la mayoría residenciales privados, consigue recrear la atmósfera de los grandes interiores del XIX, haciendo convivir épocas sin esfuerzo y adaptándose a cada cliente. Es un trabajo que se acerca mucho a la Alta Costura.

Aquí, además, ha desarrollado su mejor versión y más creativa, se ha mostrado más particular y atrevido. También ha instalado su estudio, el lugar donde trabaja y pasa horas concibiendo sus proyectos junto a su equipo y donde recibe a los clientes. “Mi colección refleja mi universo estético y cultural, que va desde el mundo clásico hasta el arte contemporáneo. Cada objeto es una historia de amor a primera vista, elegidos de una manera totalmente intuitiva, y muchos de ellos no han sido buscados, sino que han aparecido a lo largo de mis viajes y a partir de mi mismo trabajo localizando piezas para otros clientes. Las relaciones entre ellos nunca han sido analizadas a priori, pero al juntarlos se ha producido una sinergia, a veces sorprendente, por sus diferentes orígenes y épocas, la cual revela mi experiencia más personal. También me gusta jugar con la escala introduciendo elementos de gran tamaño, no propios de este tipo de espacios, añadiendo un nivel más y una tensión entre lo que podría ser un lenguaje más doméstico y otro más monumental, con esculturas y pinturas de gran formato”, remata. Está claro que lo suyo es crear diálogos inesperados entre piezas (aparentemente) dispares.

Cuestionario de estilo
RAMÓN GARCÍA JURADO
¿Quién o qué te inspira?
Las cosas bien hechas.
¿Por qué haces lo que haces?
Porque no sé hacer otra cosa.
¿Quiénes han sido tus maestros?
Andrea Palladio, Karl Friedrich Schinkel, Jean-Michel Frank y David Hicks.
¿Cuál es tu palabra favorita?
Amor.
¿Lugares preferidos en tu ciudad?
Mi barrio.
¿Y para viajar?
El mundo.
¿Qué película no te cansas de ver?
«Quo Vadis».
¿Qué libro estás leyendo ahora?
Releyendo, «1984» de Orwell, pero en novela gráfica.
¿Y música?
Una mezcla de Bach y Rosalía.
Te gusta quedar en…
Las casas de mis amigos.
¿A qué hora del día prefieres trabajar?
Por la mañana.
¿Qué haces a primera hora de la mañana?
Recomponerme.
¿Qué desayunas y dónde?
En casa, tostadas con aguacate y huevos revueltos.
¿Qué haces el fin de semana?
Descansar y estar con amigos.
¿Cuáles son tus artistas favoritos de todos los tiempos?
Miguel Ángel, Jacques-Louis David, Otto Dix, Francis Bacon, Willem de Kooning.
¿Cuál es tu olor favorito? ¿Y para la casa?
Los cítricos, como “Eau d’Orange Verte” de Hermès, y para la casa, “Figuier”, de Diptyque.
¿A qué hotel no te importaría volver?
A La Mamounia, en Marrakech.
¿Y un restaurante?
La Bola en Madrid.
¿Cómo te relajas?
Me cuesta.
¿Qué objetos llevas siempre contigo?
Una medalla del ángel de la guarda y una sortija de mi madre.
¿Cuál es tu idea de la felicidad perfecta?
La tranquilidad solitaria.
